domingo, 15 de noviembre de 2015

¿Puede la acuicultura añadir resiliencia al sistema global de alimentos?

Salmonicultura en Chile. (Foto Wikipedia/acuicultura)Esta interesante pregunta ha sido planteada por un grupo de científicos pertenecientes a diferentes universidades y centros de investigación del mundo. La acuicultura de peces, moluscos y crustáceos ha tenido una tasa de crecimento anual de 7.8% desde 1990 a 2010 (en otros sectores, como la cría de porcinos, ha sido de 2.2%). La acuicultura proporciona prácticamente la mitad del pescado consumido en el mundo, lo que da una idea de la importancia de este sector. La mayoría de la acuicultura es de peces de agua dulce y este sector sigue en aumento respecto al marino. La gran ventaja de la acuicultura desde el punto de vista ecológico es que reduce la presión sobre las poblaciones naturales de peces. No obstante, no deja de presentar graves impactos sobre los ecosistemas acuáticos, por citar algunos la contaminación, la transmisión de enfermedades a la fauna salvaje o el escape de ejemplares que se pueden convertir en especies exóticas invasoras. Desde el punto de vista económico, este sector tienen una gran dependencia de fuentes terrestres de alimentos (grano, carnes, etc.), y por tanto las fluctuaciones de precios en estos sectores se ven reflejadas en el precio del pescado de acuicultura, aunque siempre se mantiene por debajo de los precios de su equivalente salvaje, un ejemplo claro sería el salmón. Además, la acuicultura utiliza 600 especies distantas, con lo que se encuentra muy diversificada en comparación con otros productos alimenticios, aunque solamente 35 especies forman el 90% de la producción global. Para que esta industria pueda ser sostenible a largo plazo se requiere, según los autores, una mayor diversificación de especies, un incremento del uso de subproductos (restos de pescado procesado, etc.) como fuente de alimento en las piscifactorías, el uso de energía renovables en las explotaciones, y la máxima reducción en la producción de desechos y en los impactos ambientales. Por tanto este sector se enfrenta a importante retos ambientales.
     

jueves, 5 de noviembre de 2015

¿Los individuos de una población sometidos a un tóxico mueren al azar o hay una rango de tolerancias?

En los últimos años se viene produciendo en el campo de la ecotoxicología un debate sobre esta pregunta. Hasta la fecha la idea clásica en un test de toxicidad con una población de una especie concreta era que la sensibilidad se podía definir por una dosis individual efectiva (IED-Individual effective dose). Esto quiere decir que cada individuo tiene un umbral diferentes de tolerancia a un tóxico, superado ese umbral el individuo muere. Si ordenásemos las frecuencias de estas sensibilidades, la población seguiría una distribución normal, es decir la mayoría de los individuos tendrían una tolerancia intermedia, y unos pocos una tolerancia máxima y mínima. Esto, que es bastante intuitivo, ha permitido aplicar modelos matemáticos (como la regresión Probit) que permiten el cálculo de parámetros como la CL50 (concentración letal que mata al 50% de la población en un tiempo determinado). Por tanto, si a los supervivientes de un test de toxicidad les aplicásemos una CL50 en teoría no debería morir ningún individuo (siempre que la recuperación sea plena tras la exposición), pero algunos estudios no han mostrado esto, con lo cual ha surgido una alternativa que es la teoría estocástica, es decir todos los individuos comparten un umbral similar pero la muerte se produce al azar entre los individuos. En este último caso se podría producir una mortalidad mayor o menor con una segunda exposición, y así sucesivamente. Los estudios son contradictorios y hay resultados para todos los gustos, pero el debate es muy interesante y deja abierto un campo de investigación novedoso en el área de la ecotoxicología.